La ficción del Ché en Hollywood
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13/09/2008
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Saliendo a pasear a la velocidad de perro andante uno puede ver muchas cosas que con más prisas pueden pasar desapercibidas por culpa de su redundancia. Mi perra huye molesta del aguacero que cae desde las nubes en estos días de Septiembre. Enseguida se las arregla para buscar refugio en la primera parada de bus urbano que encuentra a su paso. Probablemente ya tuvo suficientes inclemencias de todo tipo en la perrera donde estuvo alojada antes. Mientras no escampa es imposible arrancarla de ahí, y entre los paneles de metacrilato nos quedamos varados por la lluvia.

Imposible también no contemplar los llamativos anuncios que inundan el asubiadero. Entre las tendencias de la lencería femenina (llamada sugerentemente moda “íntima”, como si la intimidad residiera en unas bragas); las últimas líneas de los maquillajes milagrosos contra la arruga inevitable o el whisky evasor de aburrimientos, la novedad que destaca es el anuncio de la recién estrenada película de Hollywood sobre el Ché Guevara.
Se puede ver en la valla publicitaria la figura de un apuesto guerrillero con aspecto revolucionario. Aspecto. Todo en la foto invita a presenciar al Che en celuloide. Pero no es Ernesto Guevara. Es Benicio del Toro. Actor.

Al auténtico Ernesto Ché Guevara lo mataron a cara perro los militares de Bolivia. Había ido allí, con su asma a cuestas, para exportar la triunfante revolución cubana. Sabía muy bien a lo que se arriesgaba. Lo que no se imaginaba, quizá, es que una versión equívoca y sesgada de su vida iba a ser objetivo comercial del cine para masas de público. Y que la gente de hoy, previamente embrutecida, no quiere saber más. Paga por matar el rato.

La película sobre el Ché guerrillero argentino se anuncia a todo bombo. Además de recaudar por la vía del merchadising, el momento ultraconservador imperante en el mundo se ha propuesto anular sueños de utopías y tentaciones potencialmente subversivas.

Matar, devorar, digerir y defecar son las máximas constantes del depredador. Aniquila al personaje real y expulsa el subproducto de su digestión intestinal.
La codicia inhumana del animal de presa nunca se sacia. Todas las pautas de esa fiera obedecen a una impronta biológica. Simple y eficaz. Siempre la misma.
El lugar más común y simbólico del capitalismo predador es el almacén.
Los bancos son almacenes de dinero.
Antes de conseguir el status de almacén, los banqueros eran usureros clandestinos perseguidos por la ley. Eso fue así, aunque no lo parezca. Desde que construyeron sus edificios, son ellos quienes persiguen a quienes no creen en el dinero sino en la justicia del reparto de bienes.

Así ocurrió con el Ché. Y con otros. Paradojas de la vida: Mientras se exhibe en las pantallas el actor Benicio del Toro, en su ficción de Ché Guevara, el gobierno de España se niega a reconocer a los guerrilleros que se echaron al monte para combatir por la república legal de 1936, contra el golpismo fascista. Les siguen llamando bandoleros.

La película sobre el Ché guerrillero argentino no puede ser otra cosa que una versión adulterada de la historia. Qué importa. Después de eliminar a un peligroso contestatario, el proceso siempre consiste en convertir el mito en mercancía.
Así lo hicieron en los orígenes con el mismísimo Cristo; almacenaron su mensaje original en el Vaticano y lo resumieron en un crucifijo prêt-à-porter. . Lo hicieron más tarde con Lennon. Lo hacen con el Ché. Empezando por las camisetas con la foto de Korda, hasta llegar a la prostitución de la leyenda mediante un guión parido por mercenarios de la mediocridad rampante.
Y la gente, ávida de mitos sin aristas, idolatrías platónicas y beatíficas que no les turban el sueño a los faraones, paga y se traga la bosta superficial del espectáculo made in Hollywood.
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