El sacro reino de la naranja y la federación de los gajos
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23/05/2008
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Resulta increíble pero ciertamente real la tardanza en borrarse en el polvo de la historia cotidiana la huella una dictadura. Se nos va la vida entera intentando desapegarnos de la mierda adherida. Aquí el franquismo es como las partículas de las estelares supernovas, que brillan en el cielo nocturno aún años luz de tiempo después de haberse muerto. Los privilegios de una tiranía, cuando se prolonga demasiado, conforman una mentalidad que incide como un láser en las costumbres generales. Con la fe del carbonero, creemos ingenuamente que, por decretar un bosque de leyes y unos cuantos consensos repletos de claudicaciones, estamos aposentando automáticamente un estado de derecho. Sin embargo, por encima y por debajo de esa superficie institucional transcurren poderosas fuerzas cuya única misión es frenar cualquier signo de evolución hacia las libertades individuales y de la colectividad.
Si Franco no hubiera asaltado la II República a sangre y fuego, con posterior terror de implantación para restaurar la monarquía borbónica centralizadora, nada impediría a los ciudadanos organizar el estado laico como quisiéramos y sin imposiciones. Una federación, por ejemplo, o incluso una confederación. Sólo el miedo a volver a las andadas de las fosas comunes, los paseos sin retorno y los fusilamientos al amanecer de los paredones, impiden esta lógica que acabaría con el problema vasco y con el problema catalán. Puesto que el grito vernáculo es “¡que inventen ellos!” y no “¡la imaginación al poder!”, ellos ya lo han inventado y funciona: La confederación helvética, la república federal alemana, los estados unidos de América...Pero, tal y como están situados los planos históricos y jurídicos españoles en su anacronía, es impensable que el rey de la naranja en su conjunto se avenga a fragmentarse en soberano de los pequeños gajos federales. Siendo esto inconcebible, la monarquía borbónica, es como un tapón que impide la liberación de los malos humos autónomos, aprisionados por una contradicción insalvable. Salvo echando mano de una república.
Mientras España, en pleno siglo XXI, aún sigue empleando sus mayores energías como país en la articulación de un modelo de estado a machamartillo (herencia de la dictadura cuatrodécadas), las chapuzas sociales y las estafas políticas seguirán campando por esta normalidad. Sin que nadie ose atajarlas con eficacia, en aras de una mayor racionalidad y de una administración más transparente y menos costosa en vidas y en recursos.
Mirando al infinito de las estrellas del cielo, y a las huestes catecismales de Rouco Varela sobre la tierra, es un buen momento para repudiar cualquier tentación de absoluto. Y recordar la célebre frase del padre de la relatividad: Albert Einstein: “Solamente conozco dos infinitos, el espacio y la estupidez humana; y sólo tengo dudas sobre el primero de ellos”.
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