El cartel y los cárteles electorales
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13/05/2011
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Las caras embadurnadas de cosmética te miran desde unas fotos retocadas a fondo. Los rostros de los candidatos han sido maquillados para parecer más fotogénicos. En la taberna del pueblo parecen muy distintos. Tienen granos en la cara, barba sin afeitar y en los hombros brilla polvo de caspa. Son más auténticos. No parecen tan sagrados. Tan preparados para impresionar. Tan propagandísticos. Tan desde arriba.

La ventaja de los comicios locales es que los postulantes están pegados al terreno de todos los días. El que más o el que menos conoce a esos candidatos desde hace tiempo. Eso pone las cosas más fáciles para el votante. A veces. En esta realidad electoral, los que quieren su voto suelen ser aquellos fulanos del colegio o el instituto que ya entonces destacaban. Por lo regular, eran los más vagos, los más jetas, los que más copiaban en los exámenes o los más torpes. Tienen larga historia y siglo de Oro. Ellos encarnan la figura tan tradicional y admirada en España del “espabilao”. Esa picaresca que sigue huyendo del rigor y la honestidad.

Por lo regular son de cada casa el mejor. Ellos son candidatos de los partidos con opción a triunfo electoral estadístico. La mayoría de estos sujetos se dedicaron a la construcción, a vender pólizas de seguros o a vender lo que fuera, siempre que fuera especulativo. Y, de manera natural, desde los negocios fueron desembarcando en la política vigente.

Ahora circulan en automóviles de lujo y están montados en el euro. Desde las fotos de campaña mantienen tu mirada con un rictus de media sonrisa acartonada y autosuficiente. Todo lo impregna el marketing. Siempre son un maquillaje de intenciones. No son de fiar. Pero eso es lo que hay. Parten de la base de que el ciudadano medio es reacio a los cambios bruscos. Transige. La gramática parda está servida. Las deyecciones en estas elecciones.

A tenor de los gestos de los protagonistas, las campañas electorales al uso tienen un marchamo de descarga sexual. Un ceremonial de esfínteres, donde los candidatos se lucen en trances espasmódicos. En plena excitación, exhiben lo mejor de lo que son capaces de prometer. Omiten su deuda con los banqueros y que estos les aprietan las tuercas hasta asfixiar el protagonismo ciudadano. Sueltan palabras huecas agarrados a un taca-taca ortopédico en los escenarios llenos de fanfarrias, himnos y banderas. Rugen de excitación las multitudes vociferantes y entregadas. Luego el candidato sube al autobús y a repetir el mismo repertorio de latiguillos en cada lugar por donde pasa la caravana publicitaria.

Nada más encenderse el pequeño piloto rojo de la tele, advirtiendo de que una cámara esta en acción, el candidato experimenta una instantánea metamorfosis. Coloca su mejor perfil y escoge las palabras más altisonantes aunque no vengan a cuento. Todo ello está previsto y aleccionado por el asesor de imagen, contratado por la plana mayor del partido.

Los candidatos al triunfo electoral han estudiado antes sus gestos y su mejor sonrisa ante el espejo doméstico. Un ensayo de seducción para hacerse una composición de lugar ante las cámaras. Cada mitin es una parada de garañones dispuestos a morder el ojo y asestar coces sin piedad a los rivales de otras cuadras. Insultar encubre la falta de argumentos. No hay límite en el ex-abrupto. Lo único que cuenta es la intención de voto. Esto es un negocio. El Negocio. hacer agenda de favores mutuos con los elegidos
Bajo la carpa de las ilusiones disecadas de la democracia (justicia, libertad, ecología) se suceden los números circenses. Equilibristas del alambre, contorsionistas sin hueso, saltimbanquis burocráticos, trapecistas del puedo prometer sin compromiso, payasos sin ninguna gracia aunque ellos creen que sí, domadores de pulgas sin hilos, lameculos de organigrama, algún que otro alma cándida, fétidos fulleros de la trepa, virtuosos del disfraz, infaustos lanzadores de cuchillos, mentirosos estigmáticos, enanos del insulto, bufones de relleno, frikis diversos.. Están en las listas. Todos quieren ganar y hacer carrera, medrar al nivel de cada cual: concejal,alcalde, diputado autonómico. Son cuatro años de expectativas en juego. Los aspirantes van en paquetes cerrados y sellados en unas siglas, con la batuta de la ley D'Hont. Y, en caso de tropezar en cualquier momento con algún contratiempo en el lodazal de la corrupción, sólo les podrá juzgar el Tribunal Supremo. Los abogados de lujo los pagamos todos, igual que la tramoya. Un real invento. Eso es.
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