Candidato a otra realidad ¿Por qué no?
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18/05/2009
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Participo como número 10 de la lista de candidatos de Izquierda Anticapitalista en las actuales elecciones al Parlamento Europeo. Adelanto que ésta es la primera vez que estoy en el ajo de la política directa. En general, he dedicado buena parte de mi tiempo de vida al oficio de periodista. Un periodismo independiente y crítico. Consistente en algo tan simple, pero a la postre complicado, como indagar en la verdad oficial para sacar a la luz sus habituales falacias.

Así fue como, después de trabajar en variada prensa alternativa y para algunos de los más relevantes medios de comunicación del país (“El Sol”, “El País”, “Diario16”, “Cambio16”, “Liberación”...), decidí que era hora de intentar llevar a cabo, en Cantabria, una información distinta del papel que inunda los quioscos. Un periodismo que fuera fiel a la vieja divisa fundacional y a su razón de ser: averiguar la verdad y contarla sin pelos en la pluma. Sin ningún tipo de cortapisas, concesiones, ni autocensuras.

“La Realidad” fue un periódico semanal que llegó a ser bastante molesto para las huestes santanderinas de don Botín de Oro y sus cómplices políticos, hasta el extremo de convertirse en su obsesión. No en vano se logró, desde sus páginas, frustrar grandes negocios ilegales de los caciques beneficiarios de las contratas públicas y de la especulación inmobiliaria, imperante en esta pequeña región. Aún siguen, enhebrando sus métodos mafiosos.

El caso es que se empecinaron en eliminar el estorbo y barrer la publicación del mapa. Y lo lograron finalmente, con la inestimable ayuda de un poder judicial a su servicio. Ahora y desde siempre, el poder real ha necesitado controlar la información para perpetuarse, utilizando para ello todo tipo de resortes y de intimidaciones. A “La Realidad” le llovieron los avisos, las amenazas, los intentos de soborno, las querellas. La persecución sistemática ad hominem.

Sucede que, en estos tiempos de corrupción generalizada en España, sobremanera en el sector inmobiliario (según un reciente informe del Parlamento europeo), donde el gran dinero y el toma y daca son la única Ley tangible, el periodismo de investigación independiente y riguroso ya no existe. Una evidente conjura, entre los grandes grupos multimedias y el poder, lo han hecho desaparecer.

Nada que deba extrañar a nadie. Ambos son ya lo mismo: se han fundido hasta ser las dos caras de una moneda. A modo de sucedáneo, del periodismo investigador y honesto, se practica el juego falaz de la filtración (informativa o desinformativa) interesada. Por lo regular, ese material tiene su procedencia en los despachos del navajeo político. Propaganda que va acompañando a la otra publicidad comercial. Así se cierra el círculo de intereses, por todo lo alto.

Desde un punto de vista ideológico o algo así, “La Realidad” surgió como publicación tras mi paso por el municipio autónomo zapatista del mismo nombre de la selva Lacandona, en las montañas del estado mexicano de de Chiapas. Allí se está librando una resistencia numantina contra el neoliberalismo depredador, por parte de los indígenas sublevados contra la corrupción endémica del poder en aquel país norteamericano.

Pensé que, en el fondo, allá y acá hay similitudes de orden social y político, hablas, vestimentas o sutilezas aparte. Allí son los mayas levantados, con Zapata como símbolo de tierra y libertad, contra una postergación de siglos. Aquí y allá, una clase política profesional divorciada cínicamente del ciudadano, como un fin en sí misma y sin ninguna credibilidad. Acá los indígenas desposeídos son los parados y demás minorías marginadas, reivindicando derechos elementales que a veces incluso están en los papeles o en la filosofía huera. Pero no en la vida de cada día.

Trabajar con los de abajo. Los de abajo son esa inmensa mayoría de ciudadanos a los que se les roba la vida nada más nacer, al estar marcados por el pecado original de ser pobres. No son ciudadanos más que en la teoría de la conveniencia. En realidad, toda su existencia es manipulada y explotada por fuerzas poderosas archiconocidas, amparándose en estructuras de poder hasta ahora inamovibles. Tienen todos los resortes del Orden a su favor para renovarse. Sus fámulos, los partidos políticos al uso, tienen secuestrada la democracia mediante una hipertrofiada maquinaria de propaganda. Su resumen es el miedo a la posibilidad de algo peor aún que la incertidumbre.

Un miedo impregnado de niebla a lo desconocido. Pero si nos remitimos a lo conocido, la realidad es ya un espanto. En pleno desmoronamiento del capitalismo, sus gobiernos democráticos están aplicando prácticas que no son otra cosa que disfraces, más o menos evidentes, del más puro fascismo. Léase invasiones como Iraq y otras guerras, Palesstina de los muros, torturas institucionales en Guantánamo, políticas de inmigración, atentados cotidianos contra la libertad de expresión, incluido el asesinato...Todo para “proteger” la democracia, amparándose en la razón de Estado.

Frente a toda esa sinrazón, algunos pretendemos una sociedad abierta y participativa. No obstante, no parecen estos tiempos proclives para asaltar el palacio del poder en ruina ética, estética y monetaria. Lo son para levantar y consolidar las bases de una revolución social resistente y efectiva. Y levantar el radical alternativo sobre los escombros del sistema pretérito.

Se impone un cambio de costumbres. Una alternativa de vida. No es cuestión de reformas lampedusianas para que todo siga igual o parecido. Se necesita una alteración de los valores tradicionales inculcados por la burguesía. Tomar las riendas de nuestra propia existencia. Arrebatar a la riqueza los medios para conseguirlo. Por la via legal, si es preciso.

Personalmente me creo a mi mismo un librepensador, sin más. ¿Qué hago, pues, en las filas electorales de Izquierda Anticapitalista? En realidad, autoinvitarme a evitar el sectarismo que tradicionalmente le hace el caldo gordo y el trabajo sucio al capitalismo triunfante. Intentar unir a golpe de intención y de programa.
La duda como método resulta necesaria siempre, aunque no debería conducirnos hacia una espiral cerrada que nos arrastre a los meandros del onanismo político. A veces hay que dejar que se imponga la lógica de las cosas, si éstas van en el sentido de la razón. Incluso con el riesgo de equivocarse. Equivocarse es aprender y resurgir, pero dejar pasar una oportunidad de cambio es confundirse; languidecer por el desagüe pusilánime de la resignación.

Para sostener este combate, se impone abandonar apriorismos desconfiados y ponerse manos a la obra. En la izquierda debe medrar la convicción clarividente de que el único y primer enemigo es el capitalismo y su religión, el consumo insostenible y embrutecedor. Hasta el punto de llegar a consumirnos a nosotros mismos y conducirnos a la enajenación colectiva de arruinar el planeta, única casa común de que disponemos en el universo conocido.

Los compañeros de IA me ofrecieron concurrir y aquí estoy, poniendo mi nombre y lo que éste pueda servir sobre la mesa de la participación. Mi nombre y poco más, ya que, el Mal de Parkinson que me aqueja, limita grandemente mi margen de maniobra físico. Porque si, soy uno más de la legión de los discapacitados europeos. Los discapacitados, minusválidos, personas improductivas por causa ajena, también votamos. Y tenemos muchas cosas que decir, otras tantas por las que protestar, algunos logros amenazados que defender y demasiados derechos igualitarios aún por conquistar.
Vivimos en una sociedad cuya prosperidad genera lacras de todo tipo en la población (escapes radioactivos y de virus extraños, electromagnetismos, sustancias químicas tóxicas, estrés...). Según la ciencia médica, la mayoría de las enfermedades degenerativas, como la mía, están tipificadas como “ambientales”. El hijopputismo perseguidor es uno de esos factores con los que hay que contar para ponerse enfermo.
Si somos juguetes rotos, alguien debe tener la responsabilidad de repararnos o hacernos la vida más fácil; o, de lo contrario, dejarse de hipocresías y convertirnos directamente en jabón hitleriano.

No hay nunca suficiente dinero para gastos sociales. Y, sin embargo, este modelo de sociedad se apoya sobre fundamentalmente sobre el despilfarro. Es revelador que ahora los gobiernos se apresten a salir del atolladero de la crisis haciéndosela pagar a los de abajo. Inyectando dinero público a la banca privada, subvencionando a los fabricantes de automóviles y aumentando la producción de armamento para la exportación. Que yo sepa, las armas sólo sirven para matar. Pero estamos ante la suprema coartada trinitaria: los puestos de trabajo, el paro y las encuestas de popularidad.

“Gastos militares para gastos sociales” es un grito clásico de contestación de la izquierda y la sociedad civil que, como se puede constatar, queda lejos de haberse cumplido por parte de ninguno de los gobiernos europeos. No digamos España. Es más, cuando como ahora mismo suena el sombrío tambor de la crisis económica, el primer capítulo en el que piensan los gobiernos, a la hora de reducir balances deficitarios, es el presupuesto social (sanidad, educación, pensiones, subvenciones al desempleo, etc). No obstante la crisis, los gastos militares aumentan de manera exponencial, sin problemas. No es algo casual: un principal motor del progreso económico en esta sociedad es el I+D militar.

No soy un optimista por naturaleza ni por experiencia, pero sí un escéptico abierto a cualquier posibilidad racional de cambio a mejor. Estoy de acuerdo con quienes afirman que no hay peor estigma para la humanidad que el miedo al miedo. Es el narcótico preferido de los de arriba: nos lo suministran por arrobas para perpetuar sus privilegios. Así logran que lo veamos todo imposible y nos asomemos a los días con la mirada del fatalismo paralizante. Hasta llegar a la incapacidad de ver la luz del sol cuando entra libremente y gratis por la ventana.

Todo lo antedicho no es nada nuevo pero, como dijo alguien, “las verdades hay que repetirlas cada mañana”.

Así pues, como ya estamos en campaña electoral, pido vuestro voto y hacer correr la voz a favor de Izquierda Anticapitalista.

A ver si así se enteran (de que existimos).
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